No hay tal crisis. O sí. Igual no hagas nada.
El lunes, mientras terminaba de cargar los artículos del día y tomaba un café, mi padre entró al comedor y me dijo: "el mercado subió". Mi respuesta fue bastante simple: "y mañana puede bajar". No fue el caso. Ese martes 31 de marzo terminó siendo el mejor día de los últimos diez meses. ¿Había forma de saberlo? Claramente no, y creo que eso dice bastante.
¿Qué explicó la suba? Depende de a quién le preguntes. Comentarios a favor de una tregua por parte del régimen iraní. Trump sugiriendo que los ataques en el estrecho de Hormuz podrían detenerse si la situación no se regulariza. Fin de trimestre, con gestores de activos rebalanceando sus carteras. O simplemente el cierre masivo de posiciones short. Todas son hipótesis razonables. Ninguna es la respuesta definitiva, y probablemente la realidad sea una combinación de todas ellas en proporciones que nunca vamos a poder medir con exactitud.
Independientemente de cómo haya terminado la semana o en que momento estés leyendo esto, acá hay algo que vale la pena decir en voz alta, aunque no sea lo más cómodo de escuchar: la economía es extraordinariamente útil para analizar el pasado, entender qué desencadenó distintas crisis y tomar medidas para estar mejor preparados. Lo que no puede hacer es predecir el futuro. Al destino le encanta cambiar justo esa variable que parecía irrelevante y arruinar el plan teórico más prolijo. Nos pasó en 2008, nos pasó en 2020 y nos va a seguir pasando.
Lo que esto tiene que ver con nuestros portafolios es bastante. En momentos de incertidumbre, la tentación natural es actuar: mover fichas, buscar refugio, intentar adelantarse al próximo movimiento. Es una reacción humana, completamente entendible. Pero si somos inversores de largo plazo, ese no es el juego que nos conviene jugar.
Para ponerlo en perspectiva: el gráfico de abajo, cortesía de Capital Group, muestra el retorno acumulado del S&P 500 desde 1987 hasta hoy. Cada punto marcado es un evento que, en su momento, generó pánico, titulares apocalípticos y la sensación de que esta vez era diferente. El colapso de la Unión Soviética, el dot-com crash, el 11 de septiembre, la crisis financiera global de 2008, el COVID, la invasión rusa a Ucrania, los aranceles de Trump 1.0. Y el año pasado la versión 2.0 de Trump.
La línea, con todas sus caídas y sus cicatrices, sigue subiendo. No porque el mercado sea infalible, sino porque en el largo plazo los fundamentos tienden a imponerse sobre el ruido del momento. Cada una de esas crisis pareció, mientras ocurría, una razón suficiente para salir. Y en casi todos los casos, salir fue la peor decisión posible.
El mercado en el corto plazo es ruido, y reaccionar al ruido como si fuera señal es una de las formas más silenciosas de erosionar una estrategia que, en condiciones normales, funciona.
El juego que nos conviene jugar es el de la paciencia, que hoy está bastante dañada gracias a las redes sociales y a la sobredosis de información en tiempo real. Y sobre todo, es el momento de poner a prueba la solidez de la estrategia que armamos cuando el mercado no nos estaba mirando de reojo.
No tengo una respuesta sobre qué va a pasar la semana que viene, y desconfío bastante de quien diga que sí la tiene. Lo que sí creo es que, en este contexto, vale más revisar si el portafolio que tenemos refleja lo que realmente somos como inversores, que intentar adivinar el próximo movimiento del mercado.
LUCIA CARBAJALES